Ese lugar veraniego al que siempre volvemos

 

Hay algo especial en el verano que no ocurre en ninguna otra época del año. Quizás sea la luz, que parece durar más. Quizás sea el olor de las noches en los pueblos. O tal vez sea esa sensación de que, durante unas semanas, la vida se vuelve un poco más sencilla.

En Jaén, el verano tiene muchas formas. Está el verano del pueblo, el de toda la vida. El de las calles que recuperan el bullicio cuando cae el sol y se marcha el calorazo, las terrazas llenas, las fiestas patronales, los reencuentros con quienes regresan después de pasar meses lejos y las conversaciones que se alargan hasta bien entrada la noche. Muchos guardamos en la memoria aquellos veranos en los que las horas parecían infinitas, cuando bastaba una bicicleta, una plaza y un grupo de amistades para ser felices.

Es verdad que las cosas han cambiado. Hoy las pantallas ocupan parte del tiempo que antes llenaban los juegos en la calle y los ritmos de vida son diferentes. Pero también es cierto que seguimos viendo a niñas y niños correr por los parques, a familias reunirse para cenar al fresco y a personas que aprovechan estos meses para reencontrarse con sus raíces. Los veranos son distintos, sí, pero siguen conservando algo que los hace únicos.


 

Y luego están nuestras sierras. Qué suerte tiene esta provincia de contar con espacios capaces de regalar frescura en mitad de los días más calurosos. Cada verano, miles de personas buscan refugio entre los pinares de Andújar, Cazorla, Segura o Mágina. Allí el tiempo parece transcurrir de otra manera. Los amaneceres son más tranquilos, las noches más agradables y el paisaje invita a recordar que la naturaleza sigue siendo uno de los mayores tesoros que tenemos.

Muchos jiennenses también mantienen otra tradición que forma parte de nuestra identidad estival, como es el viaje a la playa. Antes suponía preparar el coche hasta arriba, madrugar y recorrer kilómetros con la ilusión de ver aparecer el mar en el horizonte. Hoy viajamos con más comodidad, consultamos rutas en el móvil y reservamos alojamiento con unos pocos clics. Sin embargo, la emoción sigue siendo la misma. Hay algo en el primer paseo por la orilla, en el olor a sal o en una puesta de sol frente al mar que nunca pierde su magia.

A veces escuchamos que los veranos de antes eran mejores. Puede que fueran diferentes. Más lentos, quizás. Más sencillos en algunos aspectos. Pero también es verdad que hoy tenemos más oportunidades para viajar, disfrutar de actividades culturales, practicar deporte o descubrir rincones que antes quedaban fuera del alcance de muchas familias.

Por eso prefiero pensar que el verano no ha perdido su esencia. Simplemente ha cambiado de forma. Sigue siendo ese tiempo que nos permite parar un poco, compartir más momentos con quienes queremos y acumular recuerdos que nos acompañarán durante años.

Porque, al final, el verano no está en una fecha del calendario. Está en una conversación al fresco en una calle de pueblo, en una tarde junto a un río de la sierra o en una comida familiar mirando al mar. Está en esos pequeños momentos que, sin hacer ruido, terminan convirtiéndose en los recuerdos más valiosos.

Y quizá por eso, cuando llega junio, sentimos que volvemos a un lugar conocido o de retorno. Un lugar que cambia con el tiempo, pero que sigue teniendo el mismo nombre de siempre: verano.


0 Comentarios